
Novela · Ciencia ficción · Primer contacto
Proyecto 21
Apagad las piedras
Salvador Acebrón Herranz
La Tierra tiene sed.
Una misión rutinaria a Marte. La vigesimoprimera. Tres tripulantes, ni un solo ordenador a bordo… y un eco que nadie debería estar oyendo.
- Tapa blanda en Amazon
- Kindle
A la venta en noviembre de 2026.
Para lectores adultos
Sinopsis
Año 2103. Treinta y cinco años después de La Tercera, no queda un solo chip en el planeta: ni ordenadores, ni inteligencia artificial, ni redes. El agua del mundo depende de un polvo gris que solo existe en Marte, y una vez al año una nave sin ordenadores, la ACE, cruza el sistema solar para traerlo.
El capitán Pau Aranda, el hombre que descubrió ese polvo, emprende su tercer viaje. Es el último que le permite la ley: su médula no aguantaría otro. Con él van Nora Carter, una médica a la que nunca le tiembla el pulso, y Kip Markov, un hacker que no se calla nunca.
Un viaje que la humanidad ya ha hecho veinte veces. Rutinario. Ida, carga y vuelta. Hasta que llega un eco que se repite cada siete horas y treinta y nueve minutos:
Toc. Toc-toc. Silencio. Toc.
Exactamente lo que tarda Fobos, la luna más cercana al Planeta Rojo, en dar una vuelta a su alrededor.
APAGAD LAS PIEDRAS
El mundo de la novela

El libro incluye más de veinte ilustraciones —planos, documentos oficiales y fotografías— para que no solo leas la misión: viajes en ella.
Este es el parche que la tripulación lleva bordado en el pecho. Project 21. Aranda, Carter, Markov.
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Arma de último recurso
EXPEDIENTE T3-ARCH-0068/F · CLASIFICADO
Denominación: FAGO-S
Origen: civil. Biorrecuperación de residuos electrónicos, 2049-2054.
Modificación: ████████████. Velocidad de consumo × 4.000. Dispersión en aerosol.
Doctrina de uso: ARMA DE ÚLTIMO RECURSO. Activación por carta sellada.
Autoría: no determinada. Investigación prohibida (Tratado T3, art. 9).
Nació para limpiar.
A mediados de siglo, los vertederos del mundo guardaban más oro, más cobre y más tierras raras que muchas minas, enterrados en millones de toneladas de teléfonos, pantallas y placas base. Ya se usaban bacterias y hongos para sacar metales de la chatarra; era más barato que fundirla. Un laboratorio, el expediente no dice cuál, diseñó un moho que lo hacía mejor que ninguno: se comía los polímeros, disolvía las soldaduras, digería el silicio y dejaba los metales limpios en el fondo del tanque, como huesos después de un festín. Era lento. Era inofensivo. Era, decían los folletos, el futuro del reciclaje.
Alguien lo hizo cuatro mil veces más rápido. Alguien lo hizo capaz de viajar en el aire. Y alguien decidió para qué serviría.
Un arma de último recurso no sirve para ganar una guerra. Sirve para que nadie la gane. Se usa cuando ya está todo perdido: cuando tu país va a caer de todas formas y lo único que queda es asegurarse de que el enemigo caiga contigo. Antes de La Tercera, el mundo ya había inventado varias. Los soviéticos construyeron en el siglo XX un sistema que llamaron Perímetro, y que el resto del mundo llamó la Mano Muerta: una máquina capaz de lanzar la respuesta nuclear aunque ya no quedara vivo nadie que pudiera dar la orden. Los británicos tenían una costumbre más silenciosa. Cada primer ministro, el día que llegaba al cargo, escribía a mano cuatro cartas, una para el capitán de cada submarino nuclear. Las cartas se guardaban selladas en una caja fuerte a bordo y solo se abrían si Londres había desaparecido y no quedaba gobierno al que preguntar. Nadie sabía lo que decían. Cuando el primer ministro se iba, se quemaban sin abrir.
El Fago-S heredó esa costumbre.
Lugar desconocido. Noviembre de 2068.
La técnica de guardia tenía cuarenta y un años, un uniforme sin insignias y una caja fuerte con dos cerraduras.
La segunda llave la llevaba el oficial que dormía en el cuarto de al lado. Llevaba tres días sin dormir. Las líneas con el exterior llevaban dos muertas. La última voz que habían oído por radio, el martes, había dicho una sola palabra y se había cortado.
Abrieron la caja a las cuatro de la madrugada. Dentro había un sobre de papel grueso, color crema, cerrado con lacre. La técnica lo abrió con un abrecartas. Dentro había una hoja escrita a mano, con pluma, con una letra inclinada y elegante. Estaba fechada nueve años antes. En 2059. En tiempos de paz.
Era una sola línea.
La leyó dos veces. Se la pasó al oficial. El oficial la leyó, la dobló, se la guardó en el bolsillo de la camisa y salió del cuarto sin decir nada.
La técnica bajó al nivel inferior. La válvula era manual, una rueda de hierro pintada de rojo, del tamaño de un volante de camión. No tenía ningún chip. La habían diseñado así a propósito. Apoyó las dos manos en la rueda y la giró. Ocho vueltas. Le costó. Oyó el silbido del gas subiendo por la chimenea, hacia una nube baja y gris que el viento del este empujaba despacio sobre la llanura.
Volvió a su silla y se sentó.
Tres horas después, el reloj de pulsera empezó a calentarse. Primero tibio. Luego caliente. Luego le quemó. La pantalla se apagó con un chasquido y en la piel de la muñeca le quedó una quemadura redonda, perfecta, del tamaño de una moneda.
Ella ya lo sabía. Se miró la quemadura y siguió sentada.
Nunca sabremos de qué lado estaba. Ni si su gobierno seguía existiendo cuando giró la rueda. Ni quién escribió aquella línea, en 2059, con una pluma, en una mesa de despacho, en tiempos de paz.
La guerra terminó porque ya nadie podía seguir peleándola.
El Fago-S no distinguía banderas. Se comió los misiles del que iba perdiendo y los del que iba ganando. Los satélites, los radares, los drones, los bancos, los hospitales. Por eso el Tratado T3 no lo firmaron vencedores y vencidos. Lo firmaron supervivientes.
Y el moho no murió. Duerme. En los vertederos, en el polvo de las ciudades, en las grietas de los cimientos, en los sótanos inundados donde años después un chaval de Barcelona buscaría chatarra con una linterna de dinamo. Si alguien enciende hoy un chip de silicio, en pocas semanas empieza a pudrirse, a hincharse, a oler a ozono. Por eso todo lo que piensa en el mundo de la posguerra lo hace con luz, con engranajes o con papel.
Nadie ha vuelto a escribir una carta de último recurso.
Que se sepa.
Sobre el autor
Salvador Acebrón Herranz es ingeniero informático y lector apasionado de ciencia ficción. Le fascinan especialmente las historias de primer contacto: en un universo que parece no tener fin, está convencido de que no estamos solos.
Cuando buscó novelas de ese género, siempre se encontraba con lo mismo: o tenían decenas de personajes, o eran ciencia ficción demasiado dura, o no estaban en castellano. Así que decidió escribir la que a él le habría gustado leer: pocos personajes pero con mucho carisma, localizaciones reales, ciencia creíble y una historia que se lee con el corazón en un puño.
Proyecto 21. Apagad las piedras es su primera novela. También ha publicado el libro infantil ilustrado Draquis y Mipis. ¡Qué jaleo en el bosque! (2026), en español y en inglés.






